La tuberculosis sigue siendo hoy la enfermedad infecciosa más mortal del mundo. Cada año, millones de personas enferman y mueren a pesar de que existen herramientas eficaces para prevenirla y tratarla. En el Día Mundial de la Tuberculosis, los datos recuerdan que está lejos de estar controlada y que el progreso hacia su eliminación avanza más lento de lo previsto.
En 2024, 10,7 millones de personas desarrollaron tuberculosis y 1,23 millones murieron por esta enfermedad. Detrás de esas cifras hay una brecha clara en la atención. Aunque 8,3 millones de personas fueron diagnosticadas y tratadas, más de una de cada cinco quedó fuera del sistema ese mismo año. La situación es aún más preocupante en la tuberculosis resistente a medicamentos. Más de 164.000 personas iniciaron tratamiento en 2024, una cifra que sigue muy lejos de cubrir las necesidades reales.
Tuberculosis, desigualdad y crisis globales
La tuberculosis se concentra en contextos de mayor vulnerabilidad, donde factores como la pobreza, la malnutrición, el hacinamiento o las dificultades de acceso a la sanidad aumentan el riesgo de transmisión y complican el diagnóstico y el tratamiento. A ello se suman los conflictos armados y las crisis prolongadas, que interrumpen la atención y empeoran las condiciones en las que se controla la enfermedad.
El desplazamiento forzado agrava estas barreras. En 2024, más de 123 millones de personas vivían fuera de sus hogares y muchas encuentran dificultades para acceder de forma continuada a los servicios de salud o completar tratamientos que duran meses, lo que incrementa el riesgo de transmisión y de complicaciones.
Situaciones como las de Gaza o Ucrania lo reflejan. La destrucción de infraestructuras sanitarias y la inestabilidad dificultan el seguimiento de las personas en tratamiento, aumentan el riesgo de transmisión y de aparición de formas resistentes. A este escenario se suma la crisis climática. Los eventos extremos, la inseguridad alimentaria y la presión sobre los sistemas sanitarios limitan la capacidad de prevenir y tratar la enfermedad. Frente a esta realidad, son necesarias políticas que garanticen el acceso a la atención sin barreras y aseguren la continuidad de los tratamientos, también en contextos de crisis.
Europa tampoco queda al margen. En 2024, más de 19.000 personas murieron por tuberculosis en Europa y regiones cercanas, con decenas de miles de casos registrados. A todo ello se suma la variante resistente a medicamentos con hasta 55.000 casos anuales en esta región, una forma de la enfermedad que complica el tratamiento y exige una atención continuada.
Las decisiones que marcan el acceso
En España, el descenso de casos de tuberculosis se ha frenado en los últimos años. Según la Red Nacional de Vigilancia en Salud Pública, en 2024 se registraron 4.624 diagnósticos, un 10% más que el año anterior. Esta evolución aleja al país de la tendencia necesaria para reducir la enfermedad y vuelve a poner el foco en uno de los principales retos, el acceso efectivo a los tratamientos recomendados.
Uno de los avances más recientes es el tratamiento BPaLM, una combinación de cuatro medicamentos (bedaquilina, pretomanid, linezolid y moxifloxacino), que permite abordar la tuberculosis resistente en solo seis meses y ha mejorado los resultados clínicos. Sin embargo, su acceso sigue condicionado por el precio. En España, un ciclo completo supera los 57.900 euros por paciente, mientras que ese mismo tratamiento puede adquirirse por unos 240 euros a través de mecanismos internacionales como el Global Drug Facility.
Las barreras no se limitan al coste, también afectan a la disponibilidad y al marco regulatorio. Algunos medicamentos clave no están comercializados o requieren autorizaciones individuales para su uso, lo que introduce mayor carga administrativa y potenciales retrasos. A ello se suman problemas de suministro que han afectado a fármacos esenciales, dificultando la continuidad de los tratamientos.
Estas limitaciones reflejan cómo influyen las decisiones sobre financiación, regulación y fijación de precios en el acceso a los medicamentos. En Europa, los países negocian de forma independiente y la falta de transparencia en los acuerdos dificulta mejorar las condiciones. En la práctica, esto se traduce en circuitos más complejos y en dificultades para mantener la atención, incluso en sistemas sanitarios consolidados. Igualmente, la falta de flexibilidades regulatorias, así como la falta de utilización de mecanismos de compra conjunta regional o globales, como el Global Drug Facility de StopTB Partnership, profundizan en un problema para el que a día de hoy existe poca voluntad política.
Sin financiación suficiente, la respuesta se debilita
Una parte importante de los programas de diagnóstico, tratamiento y prevención depende de la financiación exterior en muchos países. El Fondo Mundial de lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria concentra buena parte de estos recursos y financia un 73% de la respuesta internacional frente a la tuberculosis. A través de estos programas, en 2024 más de 7,4 millones de personas recibieron tratamiento en regiones con mayor carga de la enfermedad.
El problema surge cuando los recursos no alcanzan lo previsto. El Fondo había fijado un objetivo de 18.000 millones de dólares para el periodo 2026-2028, pero finalmente ha reunido 12.640 millones. Esta falta de financiación limita directamente la capacidad de los programas que dependen de este apoyo, desde detectar casos a tiempo hasta garantizar que todas las personas reciban y completen su tratamiento. En la práctica, esto se traduce en diagnósticos más tardíos, menos acceso al tratamiento y mayores dificultades para sostener los programas de prevención.
Una vacuna que no llega
Mejorar los tratamientos, el diagnóstico y las vacunas sigue siendo un desafío en la lucha contra la tuberculosis, pero también lo es que estas herramientas lleguen a quienes las necesitan. Iniciativas como Unitaid trabajan en esa dirección, impulsando nuevas soluciones y facilitando su incorporación en los sistemas de salud.
Esta brecha se aprecia con especial claridad en la infancia. La enfermedad es más difícil de detectar en niños y niñas, lo que hace que muchos casos pasen desapercibidos. Se estima que más del 40% no se diagnostican ni reciben tratamiento cada año, una realidad que pone de relieve las dificultades en el acceso a la atención.
En paralelo, varios candidatos a vacuna, como M72 o la española MTBVAC, avanzan en fases finales de ensayo y podrían estar disponibles en los próximos años. Sin embargo, su desarrollo depende en gran medida de financiación pública y filantrópica, ya que la enfermedad tiene mayor impacto en países con menos recursos y ofrece un retorno económico limitado para la industria farmacéutica. La falta de inversión suficiente puede retrasar tanto su desarrollo como su llegada a quienes las necesitan.
Por ello, es fundamental que el acceso equitativo global se incorpore desde las primeras fases. Esto implica garantizar que estas vacunas estén disponibles y sean asequibles independientemente del país. En este sentido, los programas públicos de financiación de la I+D, como Horizon Europe o los del Ministerio de Ciencia en España, deberían incluir condiciones de acceso vinculantes que aseguren el retorno público de la inversión.
Asegurar estos recursos no solo determinará si estas vacunas llegan a tiempo, sino también quién podrá beneficiarse de ellas. Invertir en tuberculosis no solo reduce la enfermedad, también fortalece los sistemas de salud. Cada dólar invertido puede generar hasta 46 en beneficios económicos y sociales.
Como dice el autor bestseller John Green, no hay nada más privilegiado que pensar que la historia pertenece al pesado. En la respuesta a la tuberculosis confluyen muchas de las grandes agendas de nuestro tiempo. No solo agenda de los determinantes sociales de la salud encuentra aquí la descripción perfecta de como las injusticias sociales afectan a la salud. También existe cada vez más evidencia de que la tuberculosis se verá afectada por el cambio climático, por lo que debe incorporarse en las estrategias de adaptación y mitigación, así como en sus mecanismos de financiación. A ello se suman las políticas migratorias, que pueden dificultar la respuesta al limitar el acceso a la atención sanitaria y obstaculizar una acogida digna.
La tuberculosis se sitúa así, hoy más que nunca, en el centro del debate sobre la sociedad que queremos construir y las decisiones que la hacen posible.




