Durante años, la malaria fue uno de los ejemplos más claros de progreso en salud global. La expansión de mosquiteras, diagnósticos rápidos y tratamientos eficaces permitió reducir la enfermedad de forma sostenida. Ese avance sigue ahí, aunque el escenario es ahora más incierto.
Los datos más recientes de la Organización Mundial de la Salud sitúan en 282 millones los casos y en 610.000 las muertes en 2024. Las cifras se mantienen cerca de las de años anteriores, lo que ha cambiado es la tendencia. El descenso continuado se frenó hace casi una década y desde entonces la evolución es irregular, alejándose de los objetivos fijados para el periodo 2016–2030.
Su impacto depende en gran parte de cómo se combinan con otras medidas. En algunos contextos donde se han aplicado junto a mosquiteras, fumigación o tratamiento preventivo, los equipos sanitarios han observado descensos claros en los casos más graves y en la mortalidad infantil. Ese tipo de resultados, que organizaciones como Médicos Sin Fronteras están viendo sobre el terreno, conviven con otra realidad menos visible. Cuando esas intervenciones no se sostienen en el tiempo o no llegan con la misma intensidad a todas las zonas, los avances se pierden con facilidad.
Los ensayos disponibles muestran niveles de eficacia que en algunos casos se acercan al 75% en la prevención de la enfermedad, y apuntan a que la protección se mantiene mejor con dosis de refuerzo. Eso obliga a tener sistemas sanitarios capaces de hacer seguimiento y completar pautas en contextos donde las campañas no siempre tienen continuidad. Las vacunas contra la malaria no son solo un avance científico, gran parte del conocimiento se genera con financiación pública o filantrópica, pero la producción y el acceso dependen de acuerdos con la industria y sistemas internacionales de compra. En paralelo, han ido ganando peso las alianzas entre instituciones africanas y europeas, en un intento de corregir un desequilibrio histórico. La discusión ya no es solo cómo desarrollar nuevas herramientas, sino quién define las prioridades y quién se beneficia de ellas.
Inversión pública y avances contra la malaria
| Iniciativa | Qué ha permitido | Financiación | Impacto que ha tenido |
|---|---|---|---|
| Desarrollo de vacunas (R21 y otras) | Ensayos clínicos y validación de nuevas vacunas | Investigación pública + cooperación internacional (incluido European&Developing Countries Clinical Trials Partnership) | Vacunas con alta eficacia y despliegue en países africanos |
| Redes de ensayos en África | Infraestructuras y equipos de investigación locales | Programas públicos europeos y africanos | Mayor capacidad científica en países con alta carga de malaria |
| Nuevos tratamientos combinados | Evaluación de terapias más eficaces frente a resistencias | Consorcios internacionales financiados con fondos públicos | Mejora del tratamiento en contextos complejos |
| Sistemas de vigilancia | Seguimiento de casos y respuesta a brotes | Cooperación internacional y sistemas públicos de salud | Detección más rápida y control de la transmisión |
El funcionamiento del sistema global sigue dependiendo en gran medida de financiación internacional. Iniciativas como el Fondo Mundial de lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria concentran buena parte de ese esfuerzo, con cerca del 60% de la financiación internacional destinada a malaria. Desde su creación en 2002 hasta 2023, la tasa de mortalidad por esta enfermedad en los países en los que trabaja el Fondo se ha reducido un 51%. Solo en 2024, este organismo contribuyó la entrega de más de 160 millones de mosquiteras y el tratamiento de más de 170 millones de casos. Programas bilaterales como la iniciativa contra la malaria del Gobierno de Estados Unidos completan esa financiación. En España, una de las iniciativas de cooperación más consolidadas es la colaboración en el Centro de Investigación en Salud de Manhiça, en Mozambique.
La respuesta global depende de un número reducido de donantes. En los últimos años, además, esa base se ha ido estrechando. Estados Unidos, que en 2020 representaba más de la mitad de la financiación internacional, ha disminuido su aportación a un 25%, con 1073 millones menos destinados a este fin, y otros grandes financiadores también han recortado en ese tiempo. Hace tan solo unos días conocimos que un programa global financiado por Estados Unidos que se encarga de distribuir medicamentos, diagnósticos y material preventivo contra el VIH y la malaria está reorganizando su actividad y prevé más recortes en varios países.
La inversión global sigue lejos de lo necesario. En 2024 rondó los 3.900 millones de dólares, muy por debajo de los 9.300 millones que estima la Organización Mundial de la Salud. Esa distancia se refleja en campañas que no se repiten, redes que no se reemplazan a tiempo y sistemas que pierden capacidad de respuesta.
Cambio en los patrones
El contexto en el que se transmite la enfermedad también ha cambiado. El cambio climático ha dejado de ser un factor de fondo. Las lluvias intensas, las inundaciones o las variaciones de temperatura están alterando los ciclos del mosquito y ampliando las temporadas de transmisión. En muchos casos, el efecto más visible no es la expansión a nuevas zonas, sino el aumento de la intensidad en áreas donde la malaria ya estaba presente. A eso se suma la interrupción de campañas de prevención y el debilitamiento de sistemas sanitarios tras eventos extremos.
En paralelo, la resistencia añade otra capa de complejidad. El parásito muestra signos de adaptación a tratamientos basados en artemisinina en varios países, mientras que el mosquito ha desarrollado resistencia a insecticidas utilizados durante años en mosquiteras. Las herramientas siguen funcionando, pero con menor eficacia, lo que obliga a introducir versiones más avanzadas y a ajustar las estrategias.
Quienes más la sufren
La distribución de la enfermedad apenas ha cambiado. La mayoría de las muertes se concentra en menores de cinco años, especialmente en entornos rurales con acceso limitado a servicios sanitarios. En muchos países africanos, este grupo representa más de tres cuartas partes de las muertes. En quienes sobreviven, la malaria puede dejar secuelas como anemia grave o daños neurológicos.
A pesar de ese contexto, la eliminación no es una idea lejana. Casi medio centenar de países han logrado interrumpir la transmisión en los últimos años y otros están cerca de hacerlo. Los resultados muestran que, con vigilancia constante y acceso sostenido a intervenciones básicas, es posible mantener la malaria bajo control incluso en contextos complejos.
Fuera de África, la enfermedad sigue otros patrones. En América Latina, la transmisión se concentra en focos concretos, sobre todo en la Amazonía, donde influyen la movilidad de población, la minería o las dificultades de acceso a servicios sanitarios. La región combina avances claros en algunos países con retrocesos en otros. En Europa, no es endémica, pero sigue presente en forma de casos importados y episodios puntuales de transmisión local, lo que mantiene activa la vigilancia en un contexto de cambio climático.
La malaria sigue siendo prevenible y tratable. Las herramientas existen, pero no siempre llegan o se mantienen en el tiempo. Cuando fallan, la enfermedad recupera terreno con rapidez y los retrasos en campañas o en el suministro se traducen en un aumento de casos en poco tiempo.




